21500 KM A CABALLORECORD


DEL MUNDO

garo y mancha argentina criollos Foto: Ilustrativa

21500 KM A CABALLO RECORD DEL MUNDO AHÚN INVATIDO,DOS CABALLOS CRIOLLOS PARA LA HISTORIA.GATO Y MANCHA,MONTADOS POR EL SUIZO AIME.FOTOS ORIGINALES

 

Mancha y Gato murieron en 1947 y 1944,a la edad de 40 y 36 años respectivamente.

El 24 de abril de 1925 se inició en Buenos Aires una de las travesías más famosas del siglo. Dos caballos criollos, Mancha y Gato, guiados por el profesor suizo Aimé Tschiffel recorrieron los 21500 Km. (4300 leguas) que separan a la ciudad de Buenos Aires de Nueva York y conquistaron el récord mundial de distancia y altura, al alcanzar 5900 m. s. n. m. en el paso El Cóndor, entre Potosí y Chaliapata (Bolivia). El viaje se desarrolló en 504 etapas con un promedio de 46,2 Km. por día.

Aimé Tschiffel estaba convencido de la fortaleza de los rústicos y nada estilizados caballos criollos, y quería demostrarlo.

Logró ponerse en contacto con Emilio Solanet, criador y propulsor del reconocimiento de la raza. El fue el primero que creyó posible el proyecto de Tschiffely, para lo que le regaló dos caballos: Mancha y Gato, tenían 15 y 16 años, respectivamente, y un carácter poco amigable.

Habían crecido en la Patagonia, junto a la tribu Liempichun, donde se habían acostumbrado a las condiciones más hostiles. Emilio Solanet se los había comprado al cacique tehuelche Liempichín en el Chubut. Domarlos puso a prueba las facultades de varios de los mejores domadores... Desde los primeros días advertí una real diferencia entre sus personalidades.

Mancha era un excelente perro guardián: estaba siempre alerta, desconfiaba de los extraños y no permitía que hombre alguno, aparte de mí mismo, lo montase... Si los extraños se le acercaban, hacía una buena advertencia levantando la pata, echando hacia atrás las orejas y demostrando que estaba listo para morder... Gato era un caballo de carácter muy distinto. Fue domado con mayor rapidez que su compañero. Cuando descubrió que los corcovos y todo su repertorio de aviesos recursos para arrojarme al suelo fracasaban, se resignó a su destino y tomó las cosas filosóficamente... Mancha dominaba completamente a Gato, que nunca tomaba represalias, relata Tschiffely.

Algunas semanas fueron necesarias para que jinete y montados se prepararan para semejante travesía, y se fijó el 23 de abril de 1925 como fecha de partida. Por entonces no había caminos en varios tramos del recorrido, y cuando existían, no se caracterizaban por su buen estado. Tschiffely tuvo que resignarse a no llevar carpa, ya que las que se podían conseguir por aquellos tiempos eran muy pesadas. E nunca debí atarlos, y hasta cuando dormía en alguna choza solitaria, sencillamente los dejaba sueltos, seguro de que nunca se alejarían más de algunos metros y de que me aguardarían en la puerta a la mañana siguiente, cuando me saludaban con un cordial relincho.

Durante el viaje cruzaron varias veces la Cordillera de los Andes, y fue en esos cruces donde mayores dificultades encontraron. El escabroso terreno se eleva a más de 5500 m y la temperatura llega a 18° bajo cero. El diario La Nación, junto a otros medios, siguió desde sus páginas al valiente aventurero y sus caballos. Algunas de las líneas decían así "En Huarmey el guía no pudo más, ni sus bestias. Los dos criollos Mancha y Gato se revolcaron, tomaron agua y después se volcaron al pasto con apetitos de leones.

De Huarmey a Casma, 30 leguas, calores colosales ¡52 grados a la sombra! sin agua, ni forraje, arena, arena, arena. Los cascos se hundían permanentemente de 6 a 15 pulgadas en la arena candente". Y en la editorial del 23 de septiembre de 1928 quedó patentado el logro: después

de más de tres años y cinco meses, Aimé montado en Mancha, su fiel compañero (Gato tuvo que quedarse en la Ciudad de México al ser lastimado por la coz de una mula), logró la hazaña: al llegar a la Quinta Avenida de Nueva York llevaba en los cascos de su caballo criollo el polvo de veinte naciones atravesadas de punta a punta, en un trayecto más largo y rudo que el de ningún conquistador, y sobre su pecho, en moño blanco y celeste, bien ganados como una condecoración, los colores argentinos.

Mancha y Gato volvieron a sus añoradas pampas, años después de culminada la travesía y de regreso en Argentina, Aimé se llega un día a la Estancia "El Cardal".

Viene a visitar a sus amigos, a quienes hace mucho que no ve, y con quienes compartió tantos momentos de alegría y sinsabores.

Se baja en la entrada de la estancia, lanza un silbido y al momento se le acercan al trote Gato y Mancha.

Iban al encuentro de su preciado compañero.

Aquellos heroicos caballitos criollos no lo habían olvidado. Mancha y Gato murieron en 1947 y 1944,a la edad de 40 y 36 años respectivamente. Fueron cuidados hasta su muerte por el paisano Juan Dindart, en la Estancia El Cardal.

Hoy se encuentran embalsamados, en exposición en el Museo de Luján, Dr. Emilio Udaondo. Aime Tschiffely, en tanto, siguió viajando, por la Patagonia, por España y por Inglaterra, pero siempre volvió a la Argentina. Falleció en 1954, su último viaje lo realizó 44 años más tarde, cuando sus cenizas abandonaron el cementerio de Recoleta y fueron sepultadas en el campo que su amigo Solanet tenía en Ayacucho.

Y por ello el Honorable Senado de la Nación Argentina y la Cámara de Diputados, designa el día 20 de septiembre de cada año como el "Día Nacional del Caballo.

El viaje final
"El jinete de América descansa con sus amigos" Las cenizas de Aimé Tschiffely reposan con las de Gato y Mancha.

AYACUCHO (De una enviada especial).- La historia del jinete que al lomo de Gato y de Mancha recorrió la geografía americana entre abril de 1925 y septiembre de 1928 para unir Buenos Aires con Nueva York y demostrar la resistencia del caballo argentino no quedó atrapada en las páginas amarillentas de los libros y los diarios.

Aquel educador suizo que vivió su juventud en Inglaterra y conoció las costumbres por boca de Cunningham Graham, que trabó amistad con los hombres de a caballo cuando llegó a nuestro país y encaró el desafío de recorrer 20 naciones de América, volvió a reunirse con sus pingos a 70 años de su hazaña.

Los restos de Aimé Tschiffely, fallecido en 1954, fueron depositados ayer junto a la tumba de sus entrañables Gato y Mancha, para cumplir con su última voluntad.

El acto, realizado por iniciativa de la Asociación de Criadores de Caballos Criollos y de la familia Solanet, respondió a una carta escrita por Violeta Hume, viuda del jinete, y descubierta recientemente en el archivo de la estancia "El Cardal". (nota de Analía Testa publicada en el Diario "La Nación", el 22 de Febrero de 1998) .

Romance de Gato y Mancha
Pido a los santos del cielo y a las musas de la tierra,su ayuda en este momento en que pulso el instrumento para sacar del olvido el recuerdo enternecido de una hazaña portentosa.

Auxilien mi inspiración,porque intento en la ocasión rendir sincero homenaje a un hombre, por su coraje,y a sus fieles compañeros:dos caballos, “GATO” y “MANCHA”.

El hombre era un gringo loco que se le puso en el coco allá por los años veinte,la idea muy peregrina de unir Argentina con los Estados Unidos en un galope tendido.

Tanto anduvo con su idea que encontró por fin apoyo pues se topó con un criollo,don EMILIO SOLANET,que lo tomó muy en serio y le dio pa’ que eligiera dos fletes de su tropilla.

Los bichos no eran de silla sino recién agarraos y pa’ ponerles recao lo hicieron dudar al gringo que con paciencia de indio tanto y tanto los sobó,que al final los enriendó y demostrando su cancha,los bautizó “GATO” y “MANCHA” y pa’l Norte los rumbió.

Y un 25 de abril de mil nueve veinticinco en Buenos Aires tomó la Rural como partida.Iba a jugarse la vida pa’ demostrar, por orgullo,por amor a los caballos,el valor, la fortaleza y el alma del flete criollo.

Dejemos a los amigos caminando rumbo al Norte.Detengamos el relato,hagamos que nos importe,y pensemos, en un rato,como serían los lugaresy caminos que emprendían.Imaginemos entonces nuestros montes santiagueños que todavía tenían lo mejor de sus productos cobijando en sus reductos no sólo buena madera,también eran sementerade alimentos y manjares que compensaba al que osare desafiar a su peligros;Dando comida y abrigo, alivios del caminante,y que sigan adelante en busca de su destino abriéndoles el camino pa’ que cumplan con su hazaña.Y el santiagueño acompaña el andar de los amigos.

Todos quieren ser testigos,participar de algún modo un trecho aunque más no sea,entrar en esa pelea del hombre contra el ambiente y demostrar que la gente de este suelo centenario comprende el abecedario de la solidaridad,que brinda hospitalidad para todos los que llegan y en esta oportunidad no pudo haber sido menos,recibiendo a los viajeros con todo lo que tuvieron,y cuando los despidieron se iban un poco con ellos aunque sea en pensamiento, para tener alimento a sus ganas de camino porque parece el destino de todos los santiagueños, hacer realidad sus sueños siempre lejos de sus pagos,pero dejando en Santiago toda su alma y sus cariños.

Y siguieron rumbo al Norte,continuando con su marcha noche a noche, día a día,en una dura porfía, sin importarles la escarcha,el viento, calor o lluvia,por las sierras de Bolivia el Ecuador o Perú, en donde casi se quedan,pero pasaron la prueba de aquel desierto infernal terror de todo animal y al que creo sin igualen un lugar de la Tierra y sus problemas detallo llamado MATACABALLOS por su gran temperatura,más de 50 a la sombra en caso de que la hubiera,y era una linda carrera 160 kilómetros.

Si de día era imposible,en una noche cruzaron y entonces pronto llegaron a tierras de Cartagena en donde a muy duras penas consiguieron un barquito que los cruzó despacito para el lao de Panamá de donde siguieron viaje:Costa Rica, Nicaragua,El Salvador, Guatemala,lugares donde pasaron hasta que por fin llegaron a la América del Norte y a Méjico arribaron en medio de algarabías,mariachis los recibían y fueron muchos jinetes que apilándose en sus fletes acompañaron su andar hasta verlos penetrar en las tierras de los gringos y así, anduvieron los pingos,tres años y cuatro meses y de yapa cuatro días,y fue con gran alegría que a la Capital llegaron y en Washington desmontaron el 29 de Agosto del novecientos veintiocho y el gringo quedó tan chocho que pronto pasó al olvido lo que había recorrido:veinticinco mil kilómetros, toda clase de caminos,pero fijando el destino confiando en sus compañeros sin bajarse del apero hasta cumplir con la hazaña,y después de recibir homenajes merecidos.

Volvieron a Buenos Aires
en donde se separaron rumbos distintos tomaron,el gringo volvió a sus pagos,GATO y MANCHA a los halagos del merecido descanso en esa vieja querencia aquella Estancia EL CARDAL donde irían a pasar todavía muchos años visitados por extraños,asombrados por la hazaña, pero también por el gringo que extrañaba a los dos pingos y cada tanto venía para compartir con ellos su renombre de escritor,que alcanzó por el rigor con el que narró aquel viaje demostración del coraje del hombre y del animal,una hazaña sin igual todavía no empardada como la rima buscada para nombrar, a esta altura,a aquel gringo de mi cuento;Que merece un monumento y es el que le dejo aquí:

Se llamaba TSCHIFFELY (chfelí) AIME FELIX era el nombre,y nacido en SUIZA el hombre, argentino de adopción y con un gran corazónque ser gaucho merecía y así terminó sus días en la vieja GRAN BRETAÑA,mientras lejos de su hazañay en la Estancia de EL CARDAL entremedio e’ sus iguales estaban los animales esperando su destinoque era tarde cuando vino, porque demoró un buen rato,pero al final MANCHA y GATO también llegaron un día, como llega mi relato,recordando en la ocasión que hoy están en un rincón del Museo de Luján expuestos a los que van a conocer nuestra historia y rescato su memoria pensando de que al final es motivo sin igual para que el buen argentino recupere aunque sea parte del orgullo nacional. Y de paso con el cuento,los entretuve un buen rato y aquí se acaba el relatoen que la historia narré de un gringo, de MANCHA y GATO.

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